lunes, 28 de abril de 2014

El alquiler del piso era demasiado alto, pero me beneficiaba de una vista preciosa de la ciudad. Cuando estaba algo desanimado, podía permanecer sentado durante horas en el reborde de la ventana y dejar que mi mirada se perdiera en el horizonte, en la multitud de edificios y monumentos. Me imaginaba los millones de personas que vivían allí, sus historias, sus ocupaciones. Eran tan numerosos que, a cualquier hora del día o de la noche, necesariamente había alguien trabajando, durmiendo, haciendo el amor, muriendo, discutiendo, despertándose. A menudo me decía: ''Esto es increíble'', y me preguntaba cuántas personas, en ese preciso instante, habían estallado en una carcajada, cuántos habrían dicho adiós a su pareja, gozado, llorado, cuantos se habrían marchado, habrían dado a luz, se habrían enamorado... imaginaba las emociones tan diferentes que cada uno podía sentir en el mismo momento, en el mismo instante.

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