Me olvidé del mundo por momentos, estaba totalmente sumida en una historia perfecta; que ni es, ni será la mía. Cerré los ojos para asimilar lo que mi mente acababa de crear. Tras unos segundo de paz absoluta, los abrí, para acto seguido arrepentirme de haberlo hecho. Volví a la realidad, a la cruda realidad. Estaba sentada en mi cama y observé a mi alrededor por si acaso mi mente había creado algo real. Pero no, me encontraba sola, tú no estabas a mi lado, fue en esa milésima de segundo cuando me di cuenta de que te necesitaba y te sigo necesitando junto a mi. Necesito saborear el dulce toque de tus labios todas las mañanas, y, al irnos cada uno por su lado, saborear el amargo de la despedida. Llegar a mi casa con todavía una sonrisa en los labios y notar que tu olor se ha quedado filtrado en mi ropa. Que me digas lo mucho que te gustan mis labios o lo que te encanta el olor a cereza que se te queda en las manos después de no haberme soltado ni un segundo en toda un tarde.
Sí, son recuerdos que todavía se sienten demasiado reales.