martes, 29 de julio de 2014


Podría decir que no fue tan duro como pensaba (que de hecho, el acto en si no lo fue), pero el huracán emocional que sucedió a nuestro último encuentro estuvo retumbando en mi pecho el resto de la tarde.
Había ido al gimnasio para desahogarme, porque leí en no sé qué artículo que el deporte liberaba serotonina, la hormona de la felicidad, e iba buscando una sobredosis. Me subí a la cinta, me puse mis cascos y, sin moverme del sitio, eché a correr. Al principio un trote, y luego iba subiendo los puntos de velocidad con la intención de que las pisadas sonaran más fuertes que mis pensamientos. Pero no me quitaba de la cabeza ese momento: tú, mirándome con los ojos claros y la sonrisa abierta, a la espera de comenzara mi discurso después de ese ‘’tenemos que hablar’’ que tan mal te había sonado. Y yo, que cuanto más te miraba, más ganas tenía de quedarme contigo. Tengo que confesarte que estuve a punto de echarme atrás; no quería perderte, aunque me asusta cómo puedan reaccionar nuestros cuerpos ante el magnetismo mutuo que hemos creado en estos últimos meses. Y tu mirada, que me gritaba un ‘’por favor, no lo digas’’. Pero lo dije. Y al mismo tiempo que ponía un punto y final a nuestra breve historia, una parte de mi me abofeteó en mis adentros por ello.

-          Sigo sin tener las cosas claras. Probablemente me esté equivocando al decirte esto, y probablemente me arrepienta.

-          Lo harás – me contestaste, riendo. – Es un error y te arrepentirás de ello. ¿Has visto esta carita? –bromeaste. Y no sabes cuánto te agradezco aquello.

-          Está hecha un cuadro

-          Me lo tomaré como un cumplido.

Ahí me arrancaste una carcajada. Al recordarlo, subí un punto más la velocidad de la máquina. Después te ofrecí aquel pacto de amistad, famoso por no funcionar con personas que se han sumergido en una relación. Aunque no sé si lo nuestro puede llamarse así. Aceptaste. Otro punto, mis zancadas empezaban a descoordinarse.

-          Tú siempre has dicho que éramos amigos (qué gracia me hacía eso), así que no veo por qué no podemos serlo ahora. Aunque esta vez de verdad.

Tus palabras, aunque alentadoras, escondían muchas cosas. Lo sé por la prisa que te entró por volver a la cervecería donde había ido a buscarte. Lo sé, por lo parado que te quedaste cuando te dije que me iba. Y lo sé, porque cerraste los ojos cuando con una mano agarré tu barbilla para darte un beso en la mejilla, como si el roce de mi piel hubiera resultado un disparo a quemarropa.
Subí el último punto en la máquina, el del Spring, y aceleré con todas mis fuerzas, como si pudiera huir de aquel momento. Pero ahí por mucho que te mueves, no avanzas; eso me pasaba contigo, me hallaba siempre en el mismo punto, el de la duda, y la única solución factible era parar. A veces, por mucho que dos personas quieran correr juntas, cuando llevan ritmos distintos, a la larga, una de las dos tiene que detenerse. Y eso hice yo, porque tu meta estaba mucho más lejos que la mía, y era algo que yo no podría alcanzar

Pulsé el botón de Pause y me detuve. Mi embotamiento se redujo, y bajé de la cinta.

lunes, 28 de julio de 2014

Saber que estás haciendo algo mal, que te estás equivocando, dispara las sensaciones. A mí me pasaba contigo. Como cuando sabes que si te tomas otro café no dormirás en toda la noche, pero te arriesgas. Y, efectivamente, te desvelas y pasas una noche de perros, pero eso no evita que la próxima vez vuelvas a arriesgarte. Tú eras mi cafeína. mi expresso de medianoche.

La luz de Candela

Y parada en el semáforo he visto cruzar a una pareja de ancianos. Mayores pero juntos. y he pensado cómo habría sido envejecer de la mano como iban ellos. Ella llevaba una muleta en el lado derecho, pero él no la soltaba de su brazo izquierdo. Y he hecho una foto de ese instante, de lo importante que es tener un sustento cuando las piernas empiezan a flaquear.
 
Lo intenté. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero yo no valgo para conformarme con lo efímero cuando podemos disponer de una eternidad. Aunque a veces la eternidad sea un instante. Ese momento ha de ser vivido como si fuera el último, pero sabiendo que no lo es. Porque si cada beso sabe a despedida, el adiós se convierte en protagonista. (Y yo te quería recordar en presente.)
Girando la cabeza he vuelto a sonreír al constatar que la vida, siempre fascinante, ha puesto a personas extraordinarias a mi disposición. Como una especie de camarero refinado que va pasando con una bandeja variada t bien dispuesta ante mí para que pueda tomar lo mejor de esas personas.

lunes, 28 de abril de 2014

No me iré sin decirte a dónde voy

Hay algo impedido en contar la vida de uno a un desconocido cuando hay que ir más allá de los acontecimientos cotidianos anodinos tales como el trabajo, las relaciones cotidianas y la rutina de costumbre.
Tenia miedo de confiarme a él, un poco como si exponerme le otorgarse poder sobre mi persona. Al cabo de un momento, sin embargo, me había lanzado y dejaba de hacerme preguntas. Acepté desnudarme, tal vez porque no me sentía juzgado. Y, además, debo confesar que me metí en el papel. Es bastante agradable, una vez que hemos traspasado la barrera de pudor, disponer de un oído atento.
El alquiler del piso era demasiado alto, pero me beneficiaba de una vista preciosa de la ciudad. Cuando estaba algo desanimado, podía permanecer sentado durante horas en el reborde de la ventana y dejar que mi mirada se perdiera en el horizonte, en la multitud de edificios y monumentos. Me imaginaba los millones de personas que vivían allí, sus historias, sus ocupaciones. Eran tan numerosos que, a cualquier hora del día o de la noche, necesariamente había alguien trabajando, durmiendo, haciendo el amor, muriendo, discutiendo, despertándose. A menudo me decía: ''Esto es increíble'', y me preguntaba cuántas personas, en ese preciso instante, habían estallado en una carcajada, cuántos habrían dicho adiós a su pareja, gozado, llorado, cuantos se habrían marchado, habrían dado a luz, se habrían enamorado... imaginaba las emociones tan diferentes que cada uno podía sentir en el mismo momento, en el mismo instante.

sábado, 26 de abril de 2014


Ella sonrió al tiempo que él la rodeaba con sus brazos por la espalda.

-          Dame un beso – le decía. Sonaba divertido, con aquel tono infantil con el que los niños te piden más una vez les has impresionado con un truco de magia.
La risa la obligaba a doblarse para reducir el agradable dolor en el abdomen que le provocaban esas carcajadas. Él la estrechó con más fuerza contra su cuerpo mientras repetía, rozando la boca contra su cuello:

-          Venga, dame un beso.

Ella se giró lo suficiente para verle la cara, e hizo una fingida mueca de asco. La tenia manchada de masa de bizcocho, lo cual hacia un fuerte contraste contra su bronceada piel, e impregnaba el aire con el olor de la extraña combinación entre su perfume y el dulzón aroma a glaseado. Levantó las manos todo lo que pudo, teniendo en cuenta que los brazos de él la sujetaban a la altura de los codos, y se cubrió el rostro con ellas.

Cuando sus músculos finalmente se relajaron, ella se dejó al descubierto y buscó, desafiante, su mirada.
Sus ojos ahora miraban tristes (de forma fingida, por supuesto), y la observaban fijamente, intentando despertar en ella compasión. Él se apartó unos centímetros para lograr una mejor perspectiva, entrelazó sus dedos y, con los hombros caídos, agachó la cabeza a modo de súplica.
Ahora solo le veía los pies, que quedaban bastante expuestos en esas sandalias de verano. Se fijó en la forma en la que sus dedos reposaban sobre la suela, en sus uñas perfectamente recortadas, y en la pequeña rozadura cerca del tobillo derecho. A pesar de tratarse solo de unos pies, se percató de lo mucho que le gustaban. No ellos en sí, si no su piel, y la forma en la que ella los movía, en ocasiones torpemente hasta tropezar. Ascendió su vista hasta encontrarse con la de ella, que le miraba seria y firme a través de la profundidad de sus ojos negros. Su boca, que anteriormente hacia pucheros, comenzó a esconder sin demasiado éxito una mueca divertida.

-          Deja de poner esa cara – respondió ella con un fingido tono indignado, al tiempo que le golpeaba el brazo con una fuerza cariñosa.

-          ¿Qué cara? – contestó. Pero se le reían los huesos ante aquella escena, y la sonrisa ya le alcanzaba los ojos.

Veía como se tensaba con su mínimo movimiento, pendiente de que esa pastosa combinación de ingredientes que él llevaba encima no le rozara lo más mínimo la piel. Siempre había sido demasiado escrupulosa con esas cosas.
Él hizo el amago de avanzar hacia ella, lo que provocó que retrocediera bruscamente, alerta. Finalmente, avanzó deprisa y, sin pesar, agarró su cara con ambas manos y la frotó contra la suya para macharla. Ella reía y se quejaba al unísono.

-          Dame un beso – susurró contra su boca.

Y esta vez ella cedió, abandonándose a él en lo que probablemente fuera uno de los besos más dulces que le habían dado nunca.

VI

Te quiero.
Ya sé que termino igual todos los mensajes
pero es que me da pánico que se te olvide.

Que entre distancias y cosas nuevas
crezca una pregunta en tu estómago

Que un día te tomes un café en a saber dónde
y dudes.

No hay nada más peligroso
ni humano
que una duda.
Así que sólo estoy tomando mis medidas.

La luz de Candela

A veces la vida me viene grande. O quizás sea yo la que se vuelve pequeña ante tantas cosas que no entiendo. No lo sé. Tampoco sé por qué te quise tanto, por qué te sigo queriendo. Ni por qué me cuesta tanto olvidarte. No entiendo que puedas pasar sin mí, sin mis besos. Nadie me ha besado como tú, me decías. Y, sin embargo, prefieres no besarme. O quizá te mueres de ganas y no te atreves a reconocerlo. Es eso. Tiene que ser eso. Ha pasado tanto tiempo que no te atreves a acercarte por miedo a que esté con alguien, a que te diga que no, que ya no te quiero.

¿Pero qué hago?¿Me estoy escuchando bien? Tengo que dejar de autoengañarme y de fantasear contigo. Mi eterno problema: mi empeño en idealizar lo nuestro, nuestra historia de amor. En idealizarte a ti. Siempre en lo alto, un paso por delante, siempre inalcanzable, siempre una pieza carísima de conseguir.

jueves, 24 de abril de 2014

- Por fin te tengo - susurró, descansando su frente sobre la de ella y cerrando sus ojos al resto del mundo, dejando que fuera la última imagen de su rostro la que quedara grabada en su memoria. - y no voy a malgastar ni un sólo momento que tengamos juntos.
Los labios de ella esbozaron una sonrisa.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Significa - contestó él - que el amor no tiene que ver con tener miedo a que te lo arrebaten. El amor tiene que ver con encontrar a la persona que te llene el corazón, que te hace ser mejor de lo que nunca soñaste. Tiene que ver con mirar a esa persona a los ojos y estar convencido hasta lo más hondo de que ella es sencillamente la mejor persona que has conocido. - hizo una pausa para ampliar un poco el espacio entre ellos, lo necesario para poder escudriñar la reacción de ella, y continuó:- Queda por encima de todos defectos, los cuales, probablemente, no se tolerarían de la misma forma en otra persona. 

Plantó una mano en la pared en la que se encontraba apoyada ella, bastante cerca de su rostro, y se inclinó hacia delante. De pronto, ella se sintió atrapada, pese a que le sería bastante fácil apartarse. 
Con cierta consternación, se percató de que la tenía atrapada con sus ojos, que se clavaban oscuros y ardientes en los de ella. Entonces ya no quería correr, ni moverse. Y comprendió que ahí residía la singularidad de ese amor: en quedarse. En no querer buscar a nadie más, porque esa es la persona a la que siempre habías esperado. Nadie iba a dar la talla como él, lo sabía, porque durante todo ese tiempo siempre les encontraba algún "defecto intolerable" a todos los demás, cuando la única queja que tenia resultaba ser bastante sencilla: ninguno era él. 
Tenía razón, el amor tenía que ver con todo eso y más. 
Sonrió, y tiró con suavidad del cuello de la camisa, acercándolo más a ella. Se puso un poco de puntillas para alcanzar con más facilidad su boca.
- Entiendo - dijo ella, rozándole los labios al pronunciar cada palabra, y concluyendo antes de besarle: - Por fin te tengo.

Divergente

Se acerca más a mi. afligido, de modo que sus labios rozan los míos cuando habla.

- Tengo que decirte una cosa - añade; yo le paso los dedos por los tendones de la mano y lo miro-. Puede que esté enamorado de ti - dice, y sonríe un poco-. Pero estoy esperando a estar seguro para decírtelo.
- Qué sensato por tu parte - respondo, sonriendo-. Deberíamos buscar un papel para que hicieras una lista, una gráfica o algo. 

Noto su risa contra el costado, su nariz deslizándose por mi mandíbula, sus labios detrás de mi oreja.
- Puede que ya esté seguro, pero no quiera asustarte - concluye.
- Entonces deberías conocerme mejor - respondo, riéndome.
- Vale, pues te quiero.

viernes, 4 de abril de 2014

Ese día llovía. Llovía, hasta convertirse las calles en algo así como una sensación de cuando tienes un día en el que todo te sale mal. Pues así corría el agua. Y nosotros, que corríamos en dirección contraria, siempre a contracorriente, intentando hacernos fuertes de algo que acababa con nuestras fuerzas, y con nosotros mismos.
Recuerdo que llevabas el pelo mojado, y que te quedaba igual de bien que cuando salías de la ducha; que llevabas la ropa calada; y recuerdo que esa camiseta te quedaba mejor cuando la tirabas al suelo.
También recuerdo que yo llevaba calados hasta los huesos, con el frio y el miedo de una noche de tormenta (no tan grande como aquella).
Recuerdo el calor de tus manos, siempre atentas a los peligros externos... otra vez salvando vidas.
Recuerdo también la inclinación a la que caían las gotas sobre tu espalda, haciendo precipicios de vértigo (como si no tuviera suficiente con mirarte a los ojos).
Tú me sueltas. Yo te espero.
Creía no haberte perdido entre aquella ciudad hecha océano, y ahora empezaba a lloverme por dentro.
Tu respuesta a mis porqués nunca me pareció buena excusa para dejar de verte, porque sólo me decías que no había razones, simplemente que se había acabado.
Entonces, cuando te veía irte con las manos en los bolsillos, como el que acaba de resolver un problema, comprendí que el amor es así, que también era bonito de alguna forma verte partir, porque de algún modo yo iba a seguir sintiendo exactamente lo mismo; porque estés o no estés voy a seguir queriendo verte por aquí. Y que sigas siendo mi rompecabezas y que te resuelvas por ti mismo (y que me resuelva a mi). Que voy a seguir queriendo reírse haciéndote cosquillas, o que me abraces y no digas nada cuando sepas que no tienes que hacerlo. Voy a seguir queriendo que me mires cuando yo baje la mirada.
Entonces fue que te vi irte, comprendiendo que el amor no era esperarte ni haberte querido, para mi el amor era esa mierda de quererte. El amor, era verte partir sin poder hacer nada para que te des la vuelta, me mires, y sepas que estos dos segundos en los que sólo has cruzado la calle, han sido los peores de mi vida.
El amor, es no poder gritarte porque la lluvia sonaba mucho mas fuerte.
El amor, es tu canción favorita sonando en publico.
El amor, es tú yéndote mientras no aprobamos de mojarnos.
El amor, es que tú vuelvas para preguntarme que por qué odio la lluvia.


-Un texto que me tiene enamorada, de @corazonbajocero-

Pequeños detalles

En su pequeñez se esconde un gran detonante, sólo que su mecanismo es algo más complejo que la decisión entre cortar el cable rojo o el cable azul. Un detalle somos nosotros, el reflejo de lo que somos; la esencia que llevamos dentro.

A veces pasan desapercibidos pero, si en lugar de ver, te paras a observar, te das cuenta de que es de esos detalles de donde sacamos (o, al menos eso hago yo) lo especial de la sencilla acción en sí, aquello que sólo se lo asociamos a esa persona y que la diferencia del resto. Se graban en nuestra memoria con la misma facilidad con la que una gota de tinta se expande al caer sobre el papel, dibujando al mismo tiempo ese lunar en la espalda, y escribiendo sobre esa peculiaridad en la forma de cortar el aire al reírse, en la intensidad de una mirada o en los gestos que acompañan al cuerpo a la hora de relatar teatralmente una de nuestras experiencias.
Tal vez sean ellos los que nos enganchen, como ese atractivo bocadito de dulce que te tomas a pesar de estar saciado, sólo por el placer de saborearlo, haciéndote querer todavía un poco más. Y, al igual que ocurre con las cosas buenas, nos acostumbramos a ellos; forman parte de las singularidades del otro, de aquello que nos saca de quicio y nos encanta al mismo tiempo, que una vez los probamos, de otra forma (en otras personas) ya no nos saben igual.
Cada uno de ellos es un mordisco que deja huella en nosotros. Pequeñas marcas que, a la hora de recordar, son las más grandes.

Be free.

Be free.