Podría decir que no fue tan duro como pensaba (que de hecho,
el acto en si no lo fue), pero el huracán emocional que sucedió a nuestro
último encuentro estuvo retumbando en mi pecho el resto de la tarde.
Había ido al gimnasio para desahogarme, porque leí en no sé qué artículo que el deporte liberaba serotonina, la hormona de la felicidad, e iba buscando una sobredosis. Me subí a la cinta, me puse mis cascos y, sin moverme del sitio, eché a correr. Al principio un trote, y luego iba subiendo los puntos de velocidad con la intención de que las pisadas sonaran más fuertes que mis pensamientos. Pero no me quitaba de la cabeza ese momento: tú, mirándome con los ojos claros y la sonrisa abierta, a la espera de comenzara mi discurso después de ese ‘’tenemos que hablar’’ que tan mal te había sonado. Y yo, que cuanto más te miraba, más ganas tenía de quedarme contigo. Tengo que confesarte que estuve a punto de echarme atrás; no quería perderte, aunque me asusta cómo puedan reaccionar nuestros cuerpos ante el magnetismo mutuo que hemos creado en estos últimos meses. Y tu mirada, que me gritaba un ‘’por favor, no lo digas’’. Pero lo dije. Y al mismo tiempo que ponía un punto y final a nuestra breve historia, una parte de mi me abofeteó en mis adentros por ello.
Había ido al gimnasio para desahogarme, porque leí en no sé qué artículo que el deporte liberaba serotonina, la hormona de la felicidad, e iba buscando una sobredosis. Me subí a la cinta, me puse mis cascos y, sin moverme del sitio, eché a correr. Al principio un trote, y luego iba subiendo los puntos de velocidad con la intención de que las pisadas sonaran más fuertes que mis pensamientos. Pero no me quitaba de la cabeza ese momento: tú, mirándome con los ojos claros y la sonrisa abierta, a la espera de comenzara mi discurso después de ese ‘’tenemos que hablar’’ que tan mal te había sonado. Y yo, que cuanto más te miraba, más ganas tenía de quedarme contigo. Tengo que confesarte que estuve a punto de echarme atrás; no quería perderte, aunque me asusta cómo puedan reaccionar nuestros cuerpos ante el magnetismo mutuo que hemos creado en estos últimos meses. Y tu mirada, que me gritaba un ‘’por favor, no lo digas’’. Pero lo dije. Y al mismo tiempo que ponía un punto y final a nuestra breve historia, una parte de mi me abofeteó en mis adentros por ello.
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Sigo sin tener las cosas claras. Probablemente
me esté equivocando al decirte esto, y probablemente me arrepienta.
-
Lo harás – me contestaste, riendo. – Es un error
y te arrepentirás de ello. ¿Has visto esta carita? –bromeaste. Y no sabes
cuánto te agradezco aquello.
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Está hecha un cuadro
-
Me lo tomaré como un cumplido.
Ahí me arrancaste una carcajada. Al recordarlo, subí un
punto más la velocidad de la máquina. Después te ofrecí aquel pacto de amistad,
famoso por no funcionar con personas que se han sumergido en una relación. Aunque
no sé si lo nuestro puede llamarse así. Aceptaste. Otro punto, mis zancadas
empezaban a descoordinarse.
-
Tú siempre has dicho que éramos amigos (qué gracia
me hacía eso), así que no veo por qué no podemos serlo ahora. Aunque esta vez
de verdad.
Tus palabras, aunque alentadoras, escondían muchas cosas. Lo
sé por la prisa que te entró por volver a la cervecería donde había ido a
buscarte. Lo sé, por lo parado que te quedaste cuando te dije que me iba. Y lo
sé, porque cerraste los ojos cuando con una mano agarré tu barbilla para darte
un beso en la mejilla, como si el roce de mi piel hubiera resultado un disparo
a quemarropa.
Subí el último punto en la máquina, el del Spring, y aceleré con todas mis fuerzas, como si pudiera huir de aquel momento. Pero ahí por mucho que te mueves, no avanzas; eso me pasaba contigo, me hallaba siempre en el mismo punto, el de la duda, y la única solución factible era parar. A veces, por mucho que dos personas quieran correr juntas, cuando llevan ritmos distintos, a la larga, una de las dos tiene que detenerse. Y eso hice yo, porque tu meta estaba mucho más lejos que la mía, y era algo que yo no podría alcanzar
Subí el último punto en la máquina, el del Spring, y aceleré con todas mis fuerzas, como si pudiera huir de aquel momento. Pero ahí por mucho que te mueves, no avanzas; eso me pasaba contigo, me hallaba siempre en el mismo punto, el de la duda, y la única solución factible era parar. A veces, por mucho que dos personas quieran correr juntas, cuando llevan ritmos distintos, a la larga, una de las dos tiene que detenerse. Y eso hice yo, porque tu meta estaba mucho más lejos que la mía, y era algo que yo no podría alcanzar
Pulsé el botón de Pause y me detuve. Mi embotamiento se
redujo, y bajé de la cinta.
