Ella sonrió
al tiempo que él la rodeaba con sus brazos por la espalda.
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Dame
un beso – le decía. Sonaba divertido, con aquel tono infantil con el que los
niños te piden más una vez les has impresionado con un truco de magia.
La risa la obligaba a doblarse para reducir el agradable dolor en el abdomen que le provocaban esas carcajadas. Él la estrechó con más fuerza contra su cuerpo mientras repetía, rozando la boca contra su cuello:
La risa la obligaba a doblarse para reducir el agradable dolor en el abdomen que le provocaban esas carcajadas. Él la estrechó con más fuerza contra su cuerpo mientras repetía, rozando la boca contra su cuello:
-
Venga,
dame un beso.
Ella se giró
lo suficiente para verle la cara, e hizo una fingida mueca de asco. La tenia manchada
de masa de bizcocho, lo cual hacia un fuerte contraste contra su bronceada
piel, e impregnaba el aire con el olor de la extraña combinación entre su
perfume y el dulzón aroma a glaseado. Levantó las manos todo lo que pudo,
teniendo en cuenta que los brazos de él la sujetaban a la altura de los codos,
y se cubrió el rostro con ellas.
Cuando sus
músculos finalmente se relajaron, ella se dejó al descubierto y buscó,
desafiante, su mirada.
Sus ojos ahora miraban tristes (de forma fingida, por supuesto), y la observaban fijamente, intentando despertar en ella compasión. Él se apartó unos centímetros para lograr una mejor perspectiva, entrelazó sus dedos y, con los hombros caídos, agachó la cabeza a modo de súplica.
Ahora solo le veía los pies, que quedaban bastante expuestos en esas sandalias de verano. Se fijó en la forma en la que sus dedos reposaban sobre la suela, en sus uñas perfectamente recortadas, y en la pequeña rozadura cerca del tobillo derecho. A pesar de tratarse solo de unos pies, se percató de lo mucho que le gustaban. No ellos en sí, si no su piel, y la forma en la que ella los movía, en ocasiones torpemente hasta tropezar. Ascendió su vista hasta encontrarse con la de ella, que le miraba seria y firme a través de la profundidad de sus ojos negros. Su boca, que anteriormente hacia pucheros, comenzó a esconder sin demasiado éxito una mueca divertida.
Sus ojos ahora miraban tristes (de forma fingida, por supuesto), y la observaban fijamente, intentando despertar en ella compasión. Él se apartó unos centímetros para lograr una mejor perspectiva, entrelazó sus dedos y, con los hombros caídos, agachó la cabeza a modo de súplica.
Ahora solo le veía los pies, que quedaban bastante expuestos en esas sandalias de verano. Se fijó en la forma en la que sus dedos reposaban sobre la suela, en sus uñas perfectamente recortadas, y en la pequeña rozadura cerca del tobillo derecho. A pesar de tratarse solo de unos pies, se percató de lo mucho que le gustaban. No ellos en sí, si no su piel, y la forma en la que ella los movía, en ocasiones torpemente hasta tropezar. Ascendió su vista hasta encontrarse con la de ella, que le miraba seria y firme a través de la profundidad de sus ojos negros. Su boca, que anteriormente hacia pucheros, comenzó a esconder sin demasiado éxito una mueca divertida.
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Deja
de poner esa cara – respondió ella con un fingido tono indignado, al tiempo que
le golpeaba el brazo con una fuerza cariñosa.
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¿Qué
cara? – contestó. Pero se le reían los huesos ante aquella escena, y la sonrisa
ya le alcanzaba los ojos.
Veía como se
tensaba con su mínimo movimiento, pendiente de que esa pastosa combinación de
ingredientes que él llevaba encima no le rozara lo más mínimo la piel. Siempre
había sido demasiado escrupulosa con esas cosas.
Él hizo el amago de avanzar hacia ella, lo que provocó que retrocediera bruscamente, alerta. Finalmente, avanzó deprisa y, sin pesar, agarró su cara con ambas manos y la frotó contra la suya para macharla. Ella reía y se quejaba al unísono.
Él hizo el amago de avanzar hacia ella, lo que provocó que retrocediera bruscamente, alerta. Finalmente, avanzó deprisa y, sin pesar, agarró su cara con ambas manos y la frotó contra la suya para macharla. Ella reía y se quejaba al unísono.
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Dame
un beso – susurró contra su boca.
Y esta vez
ella cedió, abandonándose a él en lo que probablemente fuera uno de los besos
más dulces que le habían dado nunca.