En
su pequeñez se esconde un gran detonante, sólo que su mecanismo es algo más
complejo que la decisión entre cortar el cable rojo o el cable azul. Un detalle
somos nosotros, el reflejo de lo que somos; la esencia que llevamos dentro.
A
veces pasan desapercibidos pero, si en lugar de ver, te paras a observar, te
das cuenta de que es de esos detalles de donde sacamos (o, al menos eso hago
yo) lo especial de la sencilla acción en sí, aquello que sólo se lo asociamos a
esa persona y que la diferencia del resto. Se graban en nuestra memoria con la
misma facilidad con la que una gota de tinta se expande al caer sobre el papel,
dibujando al mismo tiempo ese lunar en la espalda, y escribiendo sobre esa
peculiaridad en la forma de cortar el aire al reírse, en la intensidad de una
mirada o en los gestos que acompañan al cuerpo a la hora de relatar teatralmente
una de nuestras experiencias.
Tal
vez sean ellos los que nos enganchen, como ese atractivo bocadito de dulce que
te tomas a pesar de estar saciado, sólo por el placer de saborearlo, haciéndote
querer todavía un poco más. Y, al igual que ocurre con las cosas buenas, nos
acostumbramos a ellos; forman parte de las singularidades del otro, de aquello
que nos saca de quicio y nos encanta al mismo tiempo, que una vez los probamos,
de otra forma (en otras personas) ya no nos saben igual.
Cada uno de ellos es un mordisco que deja huella en
nosotros. Pequeñas marcas que, a la hora de recordar, son las más grandes.


